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Pamuk: la felicidad de escribir y la creación del universo

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Antes de ser escritor, Orhan Pamuk fue pintor. Sus padres le cedieron un departamento en el que guardaban muebles viejos y él se puso a trabajar ahí con sus lienzos y pinceles.  Recorría Estambul con una cámara, tomaba fotos de sus calles, de sus ruinas, de las orillas del Bósforo, del contraste de sus barrios y sus habitantes y luego, basándose en ellas, hacía “cuadros impresionistas”. O eso pretendía porque, en realidad, lo que pintaba era bastante naíf: ingenuo, espontáneo, de colores encendidos, ajeno a los conocimientos técnicos y teóricos de cualquier escuela artística. Te recomendamos: Orham Pamuk explora luces y sombras de la paternidad Tenía 23 años cuando, aferrado a encontrar su “verdadero camino” en la vida, se encerró a escribir. Tardó un lustro en publicar su primer libro, pero a partir de entonces ya nada lo detuvo.

Casi tres décadas después de aquel primer “encierro creativo”, la Academia Sueca lo llamó para anunciarle que había ganado el Nobel por trabajar en la “búsqueda del alma melancólica de su ciudad natal” y por “haber encontrado nuevos símbolos para reflejar el choque y la interconexión de las culturas”.  Pamuk tenía 54 años cuando se consolidó como “el escritor de Estambul que con sus libros logra comunicarse con todo el mundo”.  En 2016 publicó en Turquía su décima novela, La mujer del pelo rojo (Literatura Random House), recientemente traducida al español.

En sus páginas se encuentra vertida una mezcla de fábula, relato mitológico y tragedia contemporánea que explora Oriente y Occidente a través de dos de sus mitos fundacionales: el Edipo Rey de Sófocles (donde un hijo mata a su padre) y el Shahnameh o Libro de los Reyes, del poeta persa Ferdousí (en el que un padre mata a su hijo).  Gracias a ellos aborda los detalles de las relaciones paterno-filiales y la confrontación entre las libertades individuales y el autoritarismo.

Escribir en soledad La mujer del pelo rojo es una fábula que, conforme avanza, se convierte en una historia moral sobre el Estado, la ética y la familia. Todo comienza en el Estambul de 1985, cuando un muchacho se va a trabajar con un pocero para ganar el dinero que le permita pagarse un curso antes de ingresar a la universidad.

Mientras tratan de encontrar agua, nace entre ellos un vínculo casi paternofilial que comienza a alterarse cuando el chico conoce a una misteriosa mujer de pelo rojo, actriz en una compañía de teatro ambulante, que se convertirá en su primer amor y determinará su destino. Porque, según el autor, “cuanto más las leemos, cuanto más creemos en ellas, las viejas historias y leyendas acaban ocurriendo en la vida real”.

Pamuk siempre escribe con lentitud, sobre todo las primeras páginas de sus novelas. “Las reescribo hasta 50 veces. Pero noto que luego el resto me sale con mayor fluidez. Entre otras cosas porque lo que escribo suele llevar conmigo muchos años, como es el caso de este libro”, afirma el hombre que creó un museo basado en una de sus novelas (El museo de la inocencia).  “Para ser escritor hay que tener los valores del artesano: paciencia, respeto por la tradición, fortaleza. Escribir novelas, para mí, es sentirse un atleta que está corriendo un maratón.

“Tienes que aceptar que esto es tu vida. Todo el mundo se está divirtiendo afuera en la calle, es sábado por la noche y la gente está de fiesta y tú estás solo en casa escribiendo. No tienes que entrar en argumentos contigo mismo, diciendo: ¿por qué no salgo?, ¿por qué no me divierto?, ¿por qué no vivo más? Uno tiene que tomar estas decisiones temprano en la vida. De alguna forma, ser un escritor es irse a un monasterio. Una vez que estas decisiones básicas de vida se han tomado entonces hay otras cualidades que son importantes, como ser curioso y mirar cosas que nadie había mirado antes”, sostiene el solitario Pamuk.

En su entrañable y revelador discurso de aceptación del Premio Nobel (La maleta de mi padre) dejó claro que “el secreto del escritor no es la inspiración, pues nunca se sabe de dónde viene, sino la obstinación y la paciencia. Hay una hermosa expresión turca, ‘cavar un pozo con una aguja’, y a mí me parece que fue inventada pensando en nosotros, los escritores. Para mí, ser un escritor significa observar con atención las heridas que llevamos dentro, sobre todo las heridas secretas de las que no sabemos nada o casi nada, descubrirlas con paciencia, estudiarlas y sacarlas a la luz para luego asumirlas y hacer de ellas una parte consciente de nuestra escritura y nuestra identidad. Ser escritor es hablar de cosas que todos conocen sin saberlo.

Descubrir este conocimiento, desarrollarlo y compartirlo, ofrece al lector el placer del asombro en el recorrido de un mundo que le es familiar”.

Por: www.milenio.com

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