
Un libro escrito desde el epicentro del poder no es una novela de intrigas: es, o debería ser, un documento con vocación de memoria histórica. Ni Venganza ni Perdón, de Julio Scherer Ibarra en coautoría con Jorge Fernández Menéndez, se presenta como relato de primera mano sobre tensiones y disputas en el sexenio pasado. Precisamente por ello, el estándar de rigor que se le exige es mayor.
La controversia por la referencia a presunto financiamiento de Sergio Carmona en Sonora revela una fragilidad preocupante. Aunque el texto no menciona de manera directa a Alfonso Durazo, la redacción —ubicada en un contexto electoral— abre la puerta a interpretaciones que inevitablemente salpican al actual gobernador. En política, las insinuaciones no son detalles menores: son detonadores de sospecha pública.
El argumento posterior de que la mención correspondía al proceso de 2018 y no al de 2021 exhibe un problema central: la precisión no puede depender de aclaraciones posteriores. Cuando se habla de financiamiento ilícito, cada afirmación debe sostenerse en datos verificables y referencias inequívocas. Una “fe de erratas” no borra la sombra inicial ni repara del todo el daño reputacional.
Fundada resulta la reacción del mandatario sonorense al exigir claridad. La historia —si aspira a ser memoria— debe contarse con exactitud, no con ambigüedades. De lo contrario, el lector termina preguntándose si otras páginas también descansan más en agravios personales que en hechos comprobables.
La respuesta de Durazo no sólo es un deslinde personal: es un reclamo directo a la responsabilidad de quien escribe desde el poder. Cuando se trata de acusaciones que rozan el financiamiento ilícito, no caben ambigüedades ni notas al pie que siembren sospechas sin precisión absoluta.
La memoria pública no puede construirse con insinuaciones. Un libro que aspira a documentar la historia reciente debe sostenerse en pruebas sólidas, no en frases que obliguen después a aclaraciones. Porque en política, la duda lanzada al aire rara vez vuelve intacta.
Si la verdad necesita fe de erratas, entonces quizá no fue contada con el rigor que exige la historia.