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Política

Los callos que pisó Harfuch: la DEA, los aplausos en Buenos Aires y la sombra de AMLO

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Omar García Harfuch acaba de tocar uno de los nervios más sensibles del obradorismo: la relación con Estados Unidos. Y lo hizo precisamente en el terreno que durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador fue presentado como símbolo de soberanía: la cooperación con la DEA.

La escena en Buenos Aires difícilmente pudo ser más incómoda para los sectores duros de la llamada Cuarta Transformación. Durante la 40ª Conferencia Internacional para el Control de Drogas, el director de la DEA, Terry Cole, presentó a Harfuch como un “socio de confianza” y “buen amigo de Estados Unidos”, además de reconocer su liderazgo, experiencia y disposición para compartir inteligencia contra las organizaciones criminales transnacionales.

No fue un elogio menor. Cole habló frente a representantes de más de un centenar de países y colocó al secretario mexicano en un lugar privilegiado dentro de la cooperación internacional contra el narcotráfico. Harfuch, por su parte, defendió una fórmula que parece resumir su estrategia: cooperación, inteligencia compartida, coordinación operativa, reciprocidad y respeto a la soberanía mexicana.

Ahí está precisamente el problema político.

Para Harfuch, la DEA parece ser una herramienta indispensable para enfrentar a organizaciones criminales que no reconocen fronteras. Para el obradorismo más ortodoxo, durante años fue uno de los símbolos de aquello que López Obrador cuestionaba: la intervención de agencias estadounidenses en asuntos de seguridad mexicanos.

El contraste se vuelve todavía más evidente por el momento político. La cancelación de la visa de Andrés Manuel López Beltrán, hijo del expresidente, detonó una nueva confrontación discursiva con Washington. El propio López Beltrán dirigió una carta a Donald Trump en la que acusó a Marco Rubio y Christopher Landau de ordenar la revocación y calificó la decisión como política.

Mientras una parte del obradorismo cerraba filas alrededor de Andy, Harfuch aparecía en Argentina recibiendo públicamente el reconocimiento de la principal agencia antidrogas estadounidense.

La paradoja es difícil de ignorar: mientras el entorno político de López Obrador convirtió la visa de su hijo en un asunto de soberanía y dignidad nacional, el responsable de la seguridad del Gobierno de Claudia Sheinbaum recibía de la DEA un espaldarazo internacional.

Y eso, inevitablemente, pisa callos.

El viejo discurso contra la DEA

Durante el sexenio de López Obrador, la relación con las agencias de seguridad estadounidenses estuvo marcada por la desconfianza. El expresidente cuestionó reiteradamente el papel de la DEA y defendió una política de mayor autonomía mexicana.

Por eso, la fotografía política de Harfuch en Buenos Aires adquiere una dimensión que va mucho más allá de una conferencia internacional.

El secretario no acudió a Argentina como un funcionario aislado. Acudió como representante de un Gobierno que necesita mantener abiertos los canales de cooperación con Washington en un momento particularmente delicado.

Y los resultados de esa cooperación son difíciles de esconder.

El propio Harfuch ha destacado que el intercambio de inteligencia permitió operaciones contra objetivos criminales, la transferencia a Estados Unidos de personas consideradas de alto impacto y golpes contra estructuras financieras y logísticas del crimen organizado.

La seguridad, en otras palabras, está imponiendo su propia lógica sobre la política.

¿AMLO intenta ponerle freno?

Aquí comienza la parte más delicada.

Versiones difundidas en torno al círculo del expresidente señalan que López Obrador habría planteado la posibilidad de responder a las medidas estadounidenses mediante una política de reciprocidad migratoria, incluso considerando imponer visas a ciudadanos estadounidenses.

Ese planteamiento debe tomarse como una versión política y no como una decisión oficial del Gobierno mexicano. No existe, hasta ahora, una medida anunciada por la presidenta Claudia Sheinbaum en ese sentido.

Pero la idea resulta reveladora porque muestra el choque de dos concepciones dentro del oficialismo.

Una apuesta por la confrontación simbólica con Washington: dignidad, reciprocidad y soberanía.

La otra, representada cada vez con mayor claridad por Harfuch, privilegia la cooperación pragmática cuando ésta produce resultados concretos en materia de seguridad.

El episodio de Buenos Aires exhibió esa diferencia sin necesidad de que nadie pronunciara una sola palabra contra el expresidente.

El factor Genaro García Luna

El ala más radical del obradorismo ya encontró, además, un argumento para golpear a Harfuch: compararlo con Genaro García Luna.

La comparación es políticamente potente, aunque también simplista. García Luna fue condenado en Estados Unidos por delitos relacionados con narcotráfico y corrupción. Harfuch, en cambio, ocupa actualmente la Secretaría de Seguridad y ha construido su carrera precisamente alrededor de operaciones policiales y de inteligencia.

Pero en política las imágenes suelen ser más poderosas que los expedientes.

Así, sectores cercanos al obradorismo recuerdan fotografías de García Luna con funcionarios estadounidenses para cuestionar la cercanía actual de Harfuch con la DEA.

El razonamiento es evidente: si la DEA reconoció a García Luna en el pasado y hoy reconoce a Harfuch, ¿por qué debería considerarse diferente la relación?

El problema con esa analogía es que confunde cooperación institucional con responsabilidad penal individual. Una fotografía o una relación profesional con una agencia extranjera no demuestra, por sí misma, complicidad criminal.

Harfuch ganó el aplauso que otros quisieran administrar

El verdadero asunto, quizá, no sea la DEA.

Es quién está capitalizando políticamente los resultados de la seguridad mexicana.

Harfuch salió de Buenos Aires con un reconocimiento internacional que difícilmente puede ser descalificado como un simple acto protocolario. Terry Cole habló de su liderazgo, su valentía y su colaboración; recordó incluso que sobrevivió al atentado de 2020 y regresó al servicio público.

Y eso coloca al secretario en una posición incómodamente fuerte dentro de Morena.

Porque mientras el obradorismo debate cómo responder a Washington por la cancelación de la visa de Andy López Beltrán, Harfuch está construyendo una relación de confianza con la estructura estadounidense que hoy resulta central para la estrategia de seguridad regional.

La propia prensa ha descrito esta dinámica como un intento de mantener separada la cooperación en seguridad de las disputas políticas derivadas del caso López Beltrán.

De ahí que el viaje a Buenos Aires pueda leerse como mucho más que una agenda diplomática.

Harfuch pisó callos porque su estrategia contradice una parte importante del viejo manual obradorista: no confrontar por principio a Washington, sino negociar y cooperar cuando México obtiene algo a cambio.

Y al hacerlo, recibió los aplausos.

Unos aplausos que, paradójicamente, llegan mientras el fundador del movimiento enfrenta uno de los momentos más incómodos para su entorno familiar y político.

El expresidente puede intentar recuperar el control del relato con el viejo lenguaje de la soberanía, la reciprocidad y la dignidad nacional. Pero Harfuch parece estar jugando otra partida.

Una en la que los resultados pesan más que las consignas y en la que la cooperación con Washington ya no necesariamente significa subordinación.

Ese es el verdadero callo que pisó en Buenos Aires.

Y quizá sea también el que más duele dentro de Morena.

#Firmasmx

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