
Estessur
Raúl Domínguez
La pregunta que lanzó el portal Directo y sin Filtro no fue un simple ejercicio de interacción digital. Fue, en los hechos, una pedrada bien dirigida al avispero interno de la Cuarta Transformación. Y como suele ocurrir cuando se toca una fibra real, la reacción no se quedó en la superficie. Las cifras —43 mil reacciones, miles de comentarios y un alcance que desbordó la publicación original— revelan algo más profundo que el entusiasmo o el enojo momentáneo de las redes: exhiben un estado de ánimo político.
Porque aquí no se trató solo de preguntar si se respalda a Claudia Sheinbaum. Lo que se puso a consideración fue algo más incómodo: la necesidad de una depuración interna en la 4T. Y el veredicto ciudadano, medido en el lenguaje áspero pero honesto de las plataformas digitales, fue mayoritariamente afirmativo. Hay respaldo, sí, pero no incondicional. Hay apoyo, pero con exigencia. El contexto no es menor.
Entre el 31 de enero y el 1 de febrero, desde la Presidencia se envió un mensaje que no admitió interpretaciones amables: los diputados federales de Baja California fueron señalados públicamente por haberse desconectado del territorio, de la gente y del mandato que los llevó al poder. No fue un regaño simbólico; fue una exhibición política. Y como si hiciera falta subrayar la línea, llegó la salida de Adán Augusto López de la coordinación del Senado.
Un movimiento que, más allá de nombres propios, dejó claro que en Morena ya no hay cargos blindados. Lo que emerge de esta secuencia es una advertencia: la 4T no puede darse el lujo de cargar con representantes cómodos, burocratizados o más atentos a los reflectores que a las calles. La transformación, si quiere seguir siendo algo más que una consigna, necesita coherencia entre discurso y práctica. Poder y territorio. Liderazgo y responsabilidad.
Por eso el respaldo a Sheinbaum que reflejan las redes no es una ovación acrítica, sino una autorización política con condiciones. La ciudadanía parece decir: adelante con el orden, pero que sea de fondo; adelante con la limpieza, pero sin excepciones. Sin vacas sagradas. Sin simulaciones. La 4T está, quizá como nunca, frente a su propia prueba interna. Y esta vez el termómetro no lo puso la oposición ni los analistas de café, sino una ciudadanía digital que, guste o no, ya aprendió a cobrar facturas políticas.