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Veracruz

Enérgico llamado de Rocío Nahle a Baizabal: No más “chelerías” en Cerro Gordo

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Jorge Carreño Fernández/Firmasmx

¡Hay llamadas de atención que no admiten interpretaciones! No necesitan elevar el tono; basta el peso político de quien las realiza. Y es que, eso ocurrió en Emiliano Zapata, donde al alcalde Daniel Baizabal se le terminó de golpe la aparente suficiencia con la que su administración había permitido que el corredor gastronómico de Cerro Gordo comenzara a parecer más a una mega barra con mares de alcohol, que un destino familiar.

No deja de ser una paradoja. Mientras el Gobierno de Veracruz ha invertido tiempo, recursos y estrategia para colocar a Cerro Gordo y Rinconada como referentes nacionales de la gastronomía veracruzana, el Ayuntamiento parecía convencido de que el verdadero negocio estaba en multiplicar permisos para vender alcohol. Pues sí, cada quien entendió el desarrollo económico a su manera.

La gobernadora Rocío Nahle incorporó ambos destinos dentro de la promoción turística estatal prácticamente desde el inicio de su administración. La apuesta rindió frutos. Llegaron más visitantes, aumentó la derrama económica y los restaurantes comenzaron a recibir una afluencia inédita, como sucede los fines de semana. ha sido una historia de éxito que, hay que decirlo, como suele ocurrir en la política mexicana, alguien decidió complicar innecesariamente.

Porque siempre aparece quien confunde crecimiento con recaudación inmediata. Y bueno, entonces comenzaron a surgir las llamadas “chelerías”. Perdón por el término, pero así las bautizaron quienes parecen empeñados en demostrar que el español puede sobrevivir a cualquier atentado lingüístico.

Primero fueron un par de establecimientos. Después apareció otro. Luego otro más. Los permisos comenzaron a multiplicarse con una facilidad que difícilmente encontraron otros giros comerciales. El mensaje parecía sencillo: mientras hubiera quien pagara derechos municipales, habría autorización para abrir.

El problema nunca fue únicamente vender cerveza. Sería simplificar demasiado una discusión que merece mayor seriedad. El verdadero problema apareció cuando las riñas comenzaron a formar parte del paisaje, los arrancones se volvieron rutina y las familias que acudían por tradición gastronómica empezaron a compartir espacio con escenas que nada tenían que ver con el turismo.

Lo verdaderamente preocupante fue la indiferencia institucional. Resulta difícil explicar por qué una autoridad municipal permitió durante tanto tiempo que la situación escalara sin intervenir con firmeza. Porque, al final de cuentas, gobernar también consiste en anticiparse a los problemas, no únicamente reaccionar cuando éstos ya rebasaron a todos.

Ahora bien, hay un detalle que pocos han subrayado. La gobernadora Rocío Nahle no actuó porque alguien le entregara un expediente o porque un colaborador le hubiera presentado una tarjeta informativa. Fue ella quien, durante en u

¡Hay llamadas que no admiten interpretaciones! No necesitan elevar el tono; basta el peso político de quien las realiza. Y es que, eso ocurrió en Emiliano Zapata, donde al alcalde Daniel Baizabal se le terminó de golpe la aparente suficiencia con la que su administración había permitido que el corredor gastronómico de Cerro Gordo comenzara a parecer más un corredor cantinero que un destino familiar.

No deja de ser una paradoja. Mientras el Gobierno de Veracruz ha invertido tiempo, recursos y estrategia para colocar a Cerro Gordo y Rinconada como referentes nacionales de la gastronomía veracruzana, el Ayuntamiento parecía convencido de que el verdadero negocio estaba en multiplicar permisos para vender alcohol. Pues sí, cada quien entendió el desarrollo económico a su manera.

La gobernadora Rocío Nahle incorporó ambos destinos dentro de la promoción turística estatal prácticamente desde el inicio de su administración. La apuesta rindió frutos. Llegaron más visitantes, aumentó la derrama económica y los restaurantes comenzaron a recibir una afluencia inédita. Era y es una historia de éxito que, hay que decirlo, como suele ocurrir en la política mexicana, alguien decidió complicar innecesariamente.

Porque siempre aparece quien confunde crecimiento con recaudación inmediata. Y bueno, entonces comenzaron a surgir las llamadas “chelerías”. Perdón por el término, pero así las bautizaron quienes parecen empeñados en demostrar que el español puede sobrevivir a cualquier atentado lingüístico.

Primero fueron un par de establecimientos. Después apareció otro. Luego otro más. Los permisos comenzaron a multiplicarse con una facilidad que difícilmente encontraron otros giros comerciales. El mensaje parecía sencillo: mientras hubiera quien pagara derechos municipales, habría autorización para abrir.

El problema nunca fue únicamente vender cerveza. Sería simplificar demasiado una discusión que merece mayor seriedad. El verdadero problema apareció cuando las riñas comenzaron a formar parte del paisaje, los arrancones se volvieron rutina y las familias que acudían por tradición gastronómica empezaron a compartir espacio con escenas que nada tenían que ver con el turismo.

Lo verdaderamente preocupante fue la indiferencia institucional. Resulta difícil explicar por qué una autoridad municipal permitió durante tanto tiempo que la situación escalara sin intervenir con firmeza. Porque, al final de cuentas, gobernar también consiste en anticiparse a los problemas, no únicamente reaccionar cuando éstos ya rebasaron a todos.

Ahora bien, hay un detalle que pocos han subrayado. La gobernadora Rocío Nahle no actuó porque alguien le entregara un expediente o porque un colaborador le presentara una tarjeta informativa. Fue ella quien, durante uno de sus constantes recorridos por el estado, observó personalmente el ambiente que comenzaba a instalarse en Cerro Gordo. Hay diferencias entre gobernar desde el escritorio y gobernar recorriendo el territorio.

A partir de ahí vino la conversación. Sin estridencias. Sin necesidad de convertir el asunto en un espectáculo político. Una llamada respetuosa, institucional y suficientemente clara para que el mensaje llegara completo al Palacio Municipal de Emiliano Zapata.

¡Y llegó!

Quienes conocen el episodio cuentan que el alcalde entendió rápidamente que el margen para seguir autorizando permisos indiscriminadamente se había terminado. No hubo necesidad de discursos grandilocuentes. Bastó comprender que el desarrollo turístico difícilmente puede sostenerse cuando el desorden termina convirtiéndose en la principal carta de presentación. Así de claro.

Las primeras decisiones ya están surtiendo efecto. Ha comenzado el retiro de permisos y el endurecimiento de la vigilancia sobre establecimientos donde los incidentes eran ya demasiado frecuentes para atribuirlos a simples coincidencias.

La escena deja varias lecciones. La primera, que una estrategia turística puede desmoronarse si las autoridades locales privilegian la recaudación sobre el interés público. La segunda, que la seguridad también se construye evitando focos permanentes de conflicto. Y la tercera, quizá la más incómoda, que algunos alcaldes olvidan demasiado pronto que administrar un municipio no equivale a administrar una caja registradora.

Cerro Gordo no necesita convertirse en una zona de tolerancia para atraer visitantes. Su prestigio nació mucho antes de las “chelerías” y, seguramente, sobrevivirá cuando esa moda pase al archivo de las malas decisiones administrativas.

Porque, al final, ningún destino turístico puede aspirar al éxito si tiene que elegir entre su gastronomía y el desorden. Cerro Gordo construyó su prestigio alrededor de la buena mesa y la convivencia familiar, no de las riñas callejeras. La verdadera pregunta es por qué tuvo que ser desde Palacio de Gobierno, por instrucción de Rocío Nahle, que se le recordara al Ayuntamiento cuál debía ser la prioridad. ¡Ahí, precisamente, está el fondo del asunto!

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