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“Corre la voz”: la estrategia de Sheinbaum ante la ofensiva digital

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Raúl Domínguez/Firmasmx

La estrategia de la presidenta Claudia Sheinbaum para responder a la ofensiva mediática de sectores identificados por su gobierno con la ultraderecha tiene un antecedente político evidente: la utilización de las redes sociales como una moderna versión del viejo “corre la voz”, el mecanismo de comunicación que durante décadas permitió que un mensaje pasara de persona en persona hasta convertirse en conversación pública.

La diferencia es que hoy ese fenómeno ocurre a una velocidad extraordinaria y puede ser medido, rastreado y amplificado mediante herramientas digitales. El Gobierno de México ha comenzado a utilizar precisamente ese terreno para disputar narrativas, responder acusaciones y colocar información oficial frente a campañas que considera coordinadas.

Desde junio, la administración de Sheinbaum puso en marcha el espacio “Derecho de Réplica”, encabezado por la consejera jurídica Luisa María Alcalde Luján, con el propósito declarado de contrastar noticias y narrativas que el gobierno considera falsas. La propia Presidencia ha sostenido que existen cuentas coordinadas, bots y trolls vinculados con operadores de la ultraderecha nacional e internacional.

La presidenta también ha denunciado públicamente la existencia de una campaña proveniente, según su interpretación, de sectores de la ultraderecha de Estados Unidos y México. En junio afirmó que algunas tendencias digitales podían generar una imagen artificial de descontento social, aun cuando la realidad fuera distinta.

La lección de López Obrador

Entre 2012 y 2018, Andrés Manuel López Obrador aprendió a utilizar las redes sociales como una herramienta política extraordinariamente eficaz. En aquellos años, cuando todavía enfrentaba un entorno mediático dominado por grandes medios tradicionales, las plataformas digitales permitieron a su movimiento comunicarse directamente con ciudadanos, simpatizantes y militantes.

Las llamadas “benditas redes sociales” funcionaron entonces como una estructura horizontal: alguien publicaba un mensaje, otro lo compartía, un tercero lo comentaba y miles más lo reproducían. No necesariamente había una oficina detrás de cada tendencia; había una comunidad política que había encontrado una nueva forma de comunicarse.

Ese aprendizaje resulta particularmente importante para entender la estrategia actual de Sheinbaum. El gobierno no necesita reproducir exactamente aquella maquinaria política. Puede aprovechar la misma lógica: informar directamente, responder rápidamente y dejar que los propios ciudadanos hagan circular los contenidos.

Es, en esencia, “corre la voz”, pero convertido en fenómeno digital.

La disputa ya no es sólo por el mensaje

El nuevo escenario tiene, sin embargo, una diferencia sustancial. El Gobierno mexicano sostiene que determinadas campañas contra la administración federal no son únicamente producto de la crítica periodística o del descontento ciudadano, sino que existen operaciones coordinadas desde distintos espacios digitales.

La Consejería Jurídica ha señalado incluso a consultores políticos extranjeros y ha presentado ejemplos de cuentas que, según su investigación, funcionarían de manera coordinada. Entre los nombres mencionados por el gobierno aparecen Fernando Cerimedo y Javier Negre, a quienes la administración identifica como parte de una red internacional de comunicación de derecha.

Eso no significa, sin embargo, que toda crítica al gobierno sea artificial, pagada o extranjera. Esa distinción resulta fundamental. En cualquier democracia existen periodistas, ciudadanos, opositores y organizaciones que pueden cuestionar legítimamente a un gobierno sin formar parte de ninguna operación digital.

El verdadero desafío consiste en separar la crítica legítima de una eventual campaña coordinada de desinformación.

La credibilidad como principal defensa

Aquí aparece el elemento más importante de la estrategia de Sheinbaum: la credibilidad pública.

Una administración con niveles sólidos de confianza no necesita responder a cada publicación ni competir con cada tendencia. Su mejor defensa consiste en mantener una comunicación constante, ofrecer datos verificables y permitir que la realidad cotidiana confronte las narrativas que circulan en internet.

La lógica es sencilla: si un gobierno conserva credibilidad ante la mayoría de la población, una campaña digital puede generar ruido, pero difícilmente puede sustituir por sí sola la percepción que millones de ciudadanos construyen a partir de su experiencia diaria.

Por eso, el “corre la voz” de la Cuarta Transformación puede convertirse nuevamente en una herramienta política. No como propaganda vertical, sino como comunicación directa: explicar, responder, documentar y permitir que la sociedad replique la información.

De las “benditas” a las redes bajo disputa

La paradoja histórica resulta inevitable. El movimiento que alguna vez convirtió las redes sociales en una poderosa herramienta contra el poder hoy gobierna y debe defenderse en ese mismo territorio.

Lo que antes eran “benditas redes” puede convertirse ahora en un campo de batalla donde conviven ciudadanos reales, periodistas, opositores, simpatizantes, bots, trolls, algoritmos y operadores políticos.

La estrategia de Sheinbaum parece apuntar a recuperar la iniciativa: no abandonar las redes, sino disputar en ellas la narrativa.

Y en esa batalla, más que la sofisticación tecnológica, el factor decisivo será el mismo de siempre: la credibilidad.

Porque ninguna granja digital puede fabricar indefinidamente confianza. La confianza se construye en la realidad; las redes solamente pueden amplificarla.

La apuesta presidencial, por tanto, no consiste únicamente en responder a la ultraderecha digital, sino en hacer que el mensaje oficial vuelva a circular por el viejo mecanismo que hizo posible buena parte del éxito político de López Obrador: “corre la voz”.

La diferencia es que ahora la voz sale desde Palacio Nacional y debe competir, en tiempo real, con millones de voces más.

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