
OAXACA.— Morena llegó a Oaxaca con la promesa de barrer con las prácticas del viejo régimen. Años después, el discurso empieza a tropezar con la realidad: los personajes que antes eran presentados como parte de aquello que había que combatir ahora encuentran acomodo en el partido en el poder.
El caso de Rodolfo León Aragón, “El Chino”, es particularmente incómodo.
Su incorporación a Morena fue presumida públicamente por el senador Antonino Morales Toledo y por el dirigente estatal Alejandro Velasco Armas. León Aragón no llega precisamente con un expediente político limpio de controversias. Su nombre ha aparecido durante años en investigaciones periodísticas y ministeriales relacionadas con el asesinato del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo y con el llamado Maxiproceso contra el Cártel de Juárez.
Eso sí: una cosa son los señalamientos y otra una sentencia condenatoria. León Aragón obtuvo amparos y en 2004 un Tribunal Colegiado dejó sin efecto una orden de aprehensión en su contra. Pero el asunto no desaparece por decreto ni puede borrarse con una fotografía de afiliación partidista.

Y aquí comienza el verdadero problema para Morena.
¿Qué necesidad tiene un partido que presume representar una transformación de incorporar a personajes con semejante carga de cuestionamientos?
La respuesta oficial, si existe, debería darse públicamente.
Porque Morena no nació ayer. Durante años sus dirigentes construyeron su identidad política sobre una frase sencilla: “no somos iguales”.
Pues bien.
Ahora resulta que algunos de los personajes que transitaron por el viejo sistema pueden cambiar de camiseta y aparecer en Morena como si la memoria colectiva tuviera fecha de caducidad.
León Aragón incluso fue alcalde de Salina Cruz impulsado por el PRI en 2016. Su tránsito político es, cuando menos, revelador: del priismo a Morena sin que parezca existir mayor dificultad para explicar el viaje.
Eso es lo que irrita a la militancia.
No que alguien cambie de partido. Eso ocurre todos los días.
Lo que provoca enojo es que quienes ayer hablaban de combatir el chapulineo, el oportunismo y las viejas estructuras ahora parezcan practicar exactamente aquello que condenaban cuando estaban en campaña.
En Oaxaca, el malestar no se limita a León Aragón. Militantes de distintas corrientes cuestionan la manera en que se está manejando el partido y señalan una creciente concentración de decisiones en torno a grupos de poder.
Ahí aparece nuevamente el gobernador Salomón Jara.
Sus críticos le reclaman que aclare hasta dónde llega su influencia en la vida interna de Morena. No basta con negar que se interviene: sería saludable explicar quién decide, quién opera y con qué criterios se incorporan determinados personajes.
Porque si estas decisiones son exclusivamente de la dirigencia partidista, que lo asuman sus responsables.
Y si detrás existe la mano del gobierno, también deberían tener el valor político de reconocerlo.
Lo que no resulta sostenible es la vieja fórmula mexicana: nadie sabe nada, nadie vio nada y, cuando llega la hora de repartir culpas, todos fueron sorprendidos.
La molestia de la militancia tiene además una razón elemental.
Hay quienes estuvieron cuando Morena no tenía presupuesto, cargos ni poder. Fueron ellos quienes pusieron el rostro en las campañas, defendieron el movimiento y soportaron derrotas. Ahora observan cómo las puertas se abren con facilidad para personajes que llegan cuando el partido ya tiene gubernaturas, senadurías, alcaldías y una enorme estructura política.
La pregunta es inevitable:
¿Morena está sumando ciudadanos o está reciclando operadores?
Porque una cosa es ampliar un movimiento.
Otra, muy distinta, es convertirlo en refugio de políticos que descubrieron que el color guinda puede ser tan rentable como cualquier otro.
La contradicción es evidente.
El partido que prometió jubilar al viejo régimen corre el riesgo de terminar reclutando a sus antiguos protagonistas.
Y entonces aquella frase de “no somos iguales” puede terminar convertida en una de esas consignas que se repiten tanto que dejan de significar algo.
En Oaxaca, el problema ya no es quién se afilia a Morena. El problema es cuánto está dispuesto a olvidar Morena para conservar el poder.
Y eso, tarde o temprano, se paga políticamente.
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