
Lo que tanto critica Washington de las democracias latinoamericanas —clientelismo, compra de votos, dádivas electorales, sobornos y toda esa colección de pecados que Estados Unidos suele mirar con superioridad desde el balcón— parece haber cruzado la frontera y aterrizado en Dallas.
Donald Trump prometió que cada ciudadano adulto estadounidense recibiría un dividendo de 5 mil dólares si los republicanos conservan el control de la Cámara de Representantes y el Senado en las elecciones de mitad de mandato.
La oferta fue lanzada durante un larguísimo discurso en la convención republicana celebrada en Dallas, donde Trump volvió a colocarse —literalmente— en el centro de la boleta electoral, aunque su nombre no estará en ella.
“Imaginen que estoy en la boleta electoral”, pidió a los votantes, mientras al fondo algunos republicanos nada conformes con Trum, expresaba: So, never mind—this guy is already crazy (Así, menos, este ya está loco).
Y ahí está el pequeño detalle: Trump no está en la boleta, pero parece decidido a ponerle precio al voto.
La promesa de los 5 mil dólares provocó casi de inmediato cuestionamientos éticos, mientras el presidente aseguró que semejante reparto sería posible gracias a la “tremenda fortaleza y éxito económico” de su administración.
El discurso, de casi dos horas, tuvo de todo: ataques contra los demócratas, acusaciones de “comunismo radical”, defensa de su controvertida guerra en Irán y advertencias apocalípticas sobre lo que ocurriría si los republicanos pierden el Congreso.
Pero entre tanta grandilocuencia apareció la joya de la noche: dinero a cambio de que el elector mantenga a los republicanos en el poder.
¡Bienvenidos al clientelismo… versión Washington!
Durante décadas, Estados Unidos ha observado con una ceja levantada las prácticas electorales de América Latina: “compra de votos”, “clientelismo”, “corrupción”, “populismo”, “programas asistencialistas con fines electorales” y demás calamidades que, según el relato tradicional, serían propias de repúblicas tropicales y garrapatientas incapaces de comprender las virtudes de la democracia moderna.
Pero Trump parece haber decidido que si no puedes vencer al populismo latinoamericano, cómpralo.
Eso sí, con dólares.
Y no con una despensa, una lámina, una tarjeta o una promesa de pavimentación: 5 mil dólares por adulto, nada menos.
¡Qué elegancia democrática!
El problema para Trump es que la oferta llega en un momento particularmente incómodo. El mandatario enfrenta una aprobación cercana al 38%, mientras varios candidatos republicanos en contiendas cerradas prefirieron mantenerse alejados de la convención de Dallas.
El escenario tampoco parecía exactamente el baño de masas que Trump hubiera deseado. Se observaron espacios vacíos durante su intervención y poca de aquella parafernalia multitudinaria que suele alimentar el espectáculo trumpista.
Naturalmente, Trump vio otra cosa.
Aseguró que el estadio estaba lleno y que había tanta gente afuera como dentro. Los reporteros de The Guardian dijeron no haber observado semejante fenómeno.
La realidad, como siempre, tuvo la mala educación de no coincidir con el presidente.
El hombre que pide votar como si todavía estuviera en la boleta
Trump sabe que las elecciones de mitad de mandato suelen castigar al partido en el poder y, por eso, pidió a sus seguidores que voten como si él mismo estuviera compitiendo.
“Solo una vez más”, imploró.
Y luego vino la amenaza de rigor: si los demócratas ganan, según Trump, los estadounidenses perderán sus fronteras, sus recortes fiscales, su seguridad y su riqueza.
En otras palabras: el viejo recurso de convertir una elección legislativa en un plebiscito sobre el propio Trump.
El presidente también presumió que sus primeros dos años de segundo mandato han sido “los dos años más exitosos” de la historia presidencial estadounidense, afirmación que realizó sin aportar pruebas.
Mientras tanto, la convención republicana intentó funcionar como plataforma de movilización electoral, aunque el entusiasmo parecía no estar precisamente desbordando las paredes del recinto.
Trump, sin embargo, siguió haciendo lo que mejor sabe hacer: hablar de sí mismo, atacar a sus adversarios y convertir cualquier escenario político en un espectáculo personal.
Y ahora, además, con una oferta que en cualquier república latinoamericana habría provocado titulares sobre “acarreo”, “clientelismo” y “compra del voto”.
En Estados Unidos, por supuesto, seguramente habrá quien encuentre un nombre más sofisticado.
“Dividendo ciudadano”, quizá.
Porque una cosa es comprar votos en América Latina y otra muy distinta —faltaba más— ofrecer 5 mil dólares desde la Casa Blanca para que los republicanos no pierdan el Congreso.
La diferencia, aparentemente, está en el idioma del recibo.
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