
TAPACHULA, Chiapas.— A las cinco de la tarde, el Parque Bicentenario comenzó a vaciarse. Mochilas al hombro, niños en brazos, algunas maletas y botellas de agua marcaron el inicio de una nueva marcha hacia el centro del país. Alrededor de 700 migrantes partieron este jueves de Tapachula bajo el nombre de “Sueños sin Fronteras”, en lo que constituye el cuarto intento de una caravana migrante por abandonar la frontera sur durante 2026.
La escena tiene algo de repetición y, al mismo tiempo, de urgencia. Tapachula se ha convertido para miles de extranjeros en una ciudad de espera: el punto donde comienza el trámite, pero también donde para muchos se prolonga durante meses una incertidumbre que no saben cuánto durará.
El contingente tomó la avenida Central Poniente y avanzó hacia la carretera Costera. Su primera meta era Huehuetán, a unos 26 kilómetros de distancia, donde los organizadores contemplaban pasar la noche antes de continuar el recorrido.
Entre quienes caminan hay ciudadanos de Honduras, Cuba, Haití, Venezuela y otros países de Centroamérica, Sudamérica y el Caribe. También participan personas que fueron deportadas de Estados Unidos y que ahora buscan una alternativa en territorio mexicano o reencontrarse con sus familias.
Una ciudad convertida en sala de espera
El motivo que los propios migrantes repiten es sencillo: quieren salir de Tapachula porque sienten que están atrapados.
Algunos aseguran llevar meses, e incluso años, esperando respuestas sobre procedimientos migratorios o solicitudes de refugio. El activista Luis García Villagrán señaló que hay integrantes del contingente que llevan hasta tres años esperando trámites ante la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR).
La dimensión del problema no es menor.
De acuerdo con datos recopilados por organismos de protección, Tapachula concentra una parte sustancial de las solicitudes de refugio que recibe México. En 2023, la oficina de la COMAR en esa ciudad recibió 77 mil 450 solicitudes, la cifra más alta entre sus delegaciones.
El ACNUR ha advertido que más de 60% de las solicitudes de asilo en México se registran en Tapachula, donde la concentración de personas ha ejercido presión sobre los servicios y ha generado largas esperas.
Así, detrás de las estadísticas aparece una realidad más elemental: personas que necesitan trabajar, pagar una habitación, alimentar a sus hijos y saber si podrán permanecer legalmente en el país.
Para muchos, permanecer inmóviles en Tapachula dejó de ser una opción.
No todos buscan llegar a Estados Unidos
La caravana también rompe con una idea que suele acompañar cada éxodo migrante: que todos sus integrantes tienen como destino final Estados Unidos.
Los propios participantes han explicado que buscan avanzar hacia ciudades del centro y norte de México para encontrar empleo, mejorar sus condiciones de vida y continuar sus trámites migratorios.
En las últimas semanas, la organización de la caravana se realizó mediante WhatsApp y redes sociales. Primero se habló de alrededor de 500 personas; al momento de la salida, reportes locales situaron el contingente en aproximadamente 700.
No es un movimiento aislado.
La primera caravana del año salió en marzo; otra lo intentó en abril y una tercera en julio. Las tres fueron desintegradas por autoridades migratorias entre Chiapas y Oaxaca, según reportes periodísticos.
La nueva marcha, por tanto, llega en un contexto de mayor contención migratoria, pero también de persistencia de los flujos.
El Observatorio de Política Migratoria y Derechos Humanos del Colegio de la Frontera Norte señaló esta semana que la movilidad en tránsito continúa marcada por las restricciones mexicanas y que los migrantes varados en Tapachula están recurriendo nuevamente a la organización colectiva para avanzar, continuar sus trámites y buscar empleo.
El camino apenas comienza
Al caer la tarde, la caravana se convirtió en una larga fila sobre la carretera. El calor, el cansancio y los kilómetros por delante sustituyeron a la espera de los últimos meses.
Las autoridades mantienen vigilancia durante el recorrido, mientras los migrantes avanzan hacia Huehuetán y posteriormente hacia otros municipios de la Costa de Chiapas, con la intención de continuar rumbo al centro del país.
No hay garantías de que llegarán hasta su destino.
Tampoco de que los trámites que dejaron pendientes en Tapachula se resuelvan más adelante.
Lo que sí existe es una certeza: para quienes caminan, permanecer detenidos en una ciudad fronteriza dejó de representar una solución.
Por eso avanzan.
Con niños, mochilas, documentos, cansancio y la esperanza —tan frágil como persistente— de encontrar en algún punto del camino aquello que no encontraron en Tapachula: un lugar donde puedan trabajar, vivir con seguridad y dejar de esperar.
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